Rosa de duelo

Procesos de duelo

Todos, en algún momento, hemos estado o estaremos en contacto con esta experiencia. Por tanto, el duelo es un proceso normal y una experiencia universal. Las dificultades que surgen para afrontar una situación como esta, en la que perdemos a una persona querida, muchas veces vienen dadas por nuestra cultura, en la que la muerte sigue siendo un tema del que no se habla, de alguna forma, se niega y se oculta. Pero lo cierto es que la muerte forma parte del curso de la vida, así debemos afrontarla.

Cuando una persona pierde a un ser querido pasa por distintas fases, según Kübler-Ross, éstas son:

  • Negación: “no es posible que esto me suceda a mí”, "no puede haber ocurrido"....
  • Le sigue la ira, en la que se presentan sentimientos de rebelión, rabia y enfado es contra todo y contra todos.
  • El pacto, donde la persona intenta negociar con cualquiera para evitar lo ocurrido.
  • La depresión surge ante la inmediatez de acontecimientos negativos, ante la imposibilidad de obviarlos y ante el temor a no ser capaces de superarlos.
  • La aceptación, en la que la persona ya ha tenido un tiempo para madurar sus ideas, y el paso por las etapas anteriores le permitirán asumir lo ocurrido y la puesta en marcha de estrategias de adaptación.

No siempre este proceso sigue el mismo orden, ni es absolutamente necesario que se den todas las etapas para iniciar la adaptación. No es un proceso lineal, sino dinámico, donde la persona supera con frecuencia etapas a las que regresa según la evolución de su propio proceso de duelo.

Como ya hemos dicho es un proceso normal, por el que casi todas las personas pasan con las dificultades que éste acarrea. Se trata de adaptarse a una nueva vida en la que la persona querida ya no está, de construir una nueva pauta de normalidad, y para ello, cada persona tiene sus tiempos. El duelo requiere un esfuerzo por el que la persona debe adoptar una posición activa, es decir, tiene que trabajar para construir esa nueva vida a la que ha de enfrentarse.

Como acabamos de explicar el duelo no tiene unos tiempos específicos, muchas personas creen que el duelo debe estar resuelto al año de la muerte, pero para algunos requiere más tiempo, lo que depende de distintas variables. Por tanto el problema no es cuestión de cuanto tiempo lleva alguien "deprimido", sino de la elaboración de las fases del duelo. Algunas personas se quedan ancladas en algunas de ellas impidiéndoles avanzar y adaptarse a esa nueva vida.

El dolor que sentimos por la pérdida de un ser querido no desaparece, se transforma. Este cambio no se produce por el paso del tiempo sin más, sino por lo que yo hago durante ese tiempo con mi dolor. Un caso particular de duelo es el de los niños. Los niños, como los adultos, tienen derecho a estar informados de lo que ha sucedido, a tomar parte activa del proceso y a que se lleven a cabo las actuaciones correspondientes para poder elaborar su propio duelo de forma adecuada. Dependiendo de la edad, se abordará de una forma u otra, pero no podemos quitarles ese derecho. En muchos casos se les oculta la información, se les impide despedirse, ir al tanatorio o al entierro, con el fin de evitarles sufrimiento. La realidad es que, de esta forma, dificultamos la elaboración de la pérdida.

Además de entender el duelo como pérdida de un ser querido, también se puede producir el duelo por otros motivos: separación o ruptura sentimental y por enfermedad. Ambos se parecen al duelo entendido como fallecimiento en el sentido de que se requiere una readaptación a la vida normal de cada uno, aunque tienen sus peculiaridades. En el caso de algunas enfermedades, las personas tienen que hacer frente a la pérdida de capacidades funcionales (por ejemplo, andar, ver, etc.), otras veces se trata de la pérdida de alguna parte de su cuerpo (algún órgano, un brazo, un pecho, el cabello, etc.), pérdidas sociales y económicas (se ven obligados a dejar el trabajo, lo que supone menos ingresos y menos relaciones sociales...). El impacto que esto tiene sobre la persona no depende de la importancia que tiene la pérdida en sí, sino del valor subjetivo que esa persona le da a la pérdida.

Debido a la especificidad de la situación de cada persona y de su pérdida, el tratamiento debe ser adaptado totalmente a sus necesidades y capacidades, animándola a elaborar y construir una nueva vida sin la persona querida.

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